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¿Qué le ocurre a quien confía en ese genio de la muerte absoluta que permanece en el fondo del habla? La inmortalidad. ¿Y qué le ocurre a quien consagra su existencia al lenguaje para convertirlo en la verdad de la existencia? La mentira de una existencia de papel, la mala fe de una vida que figura la vida, que se experimenta en experimentos de palabras y que se dispensa por estar imitando lo que no es. Estos fracasos se tornan tanto más grandes cuanto más puro es el triunfo. En ese sentido la poesía es el reino del desastre.

 La parte del fuego, Maurice Blanchot

 

Ese «reino del desastre» del que hablaba Blanchot (1907-2003), refiriéndose a la poesía, parece ser considerado un error menos fatal que el resto de la literatura, al que el mismo autor de La escritura del desastre, 1980,  denomina «mentira».

Ya Mishima refirió a la literatura como algo artificial; qué duda cabe, la literatura, en una de sus más pobres definiciones, es una combinación de signos con una aspiración comunicativa y aunque personalmente creo que la poesía alcanza las cotas más altas de belleza en literatura, preveo un rol de mayor relevancia tanto a la lírica como a la literatura en general.

Cuando agrupamos los signos buscando la descripción o la crónica, el lenguaje queda en mera semblanza, una abstracción alfamatérica que dista mucho del concepto original. Sin embargo, cuando describimos un sueño, una idea o un pensamiento, su transcripción caligráfica es lo único que «existe» relativo a ello, por tanto, la escritura cobra un valor más importante y trascendente al vincularse con el germen de dicha revelación. Y qué decir cuando la palabra es solícita al mandamiento del arte; cuando el irracionalismo, la pasión, el sentimiento, cobran forma y trascienden las emociones de otros seres. Shakespeare decía que en la misma fuerza de la llama del amor, existe el pábilo que la mengua; la pasión se ahoga en su propio exceso y hay que cuidarse de él. Pero ¿de qué forma —en lances de emoción— podemos dirimir qué vive o muere?

La parte del fuego[1] (1949) es una profunda meditación acerca de la creación literaria. No debe considerarse como una mera colección de lecturas de la obra de poetas surrealistas como Mallármé, Hölderlin, Baudelaire, Rimbaud o René Char, incluyendo narradores de la talla de Kafka, Sartre, Gide, Leiris, Constant, Miller, Malraux, Hemingway o Lautréamont. La parte del fuego también contiene en sus páginas el legado de una buena nómina de filósofos como Nietzsche, Pascal, Valèry o Paulhan, y de ahí es precisamente de donde parte el renovado intento de Maurice Blanchot por responder a una pregunta cuya respuesta se escabulle en el misterio de su propio modo de ser: ¿qué es la literatura? A esta pregunta La parte del fuego, en su ensayo final La literatura y el derecho a la muerte, responderá con enorme gravedad: «la literatura es lenguaje, el lenguaje que lleva consigo la muerte y permanece en ella». Eso es lo mismo que también dice su título: la literatura —y no otra cosa— es la «parte del fuego».

¿La parte del fuego? El sentido de esta expresión francesa no es fácilmente accesible al lector español: «faire la part du feu» significa el acto por el cual aceptamos perder una parte de algo —en caso de Blanchot, el texto— para preservar el resto, como sucede cuando en un incendio y ante la imposibilidad de sofocar de inmediato las llamas, se orienta el fuego en una dirección —lugar donde todo quedará consumido (la parte del fuego) —, con el objeto de que lo demás permanezca intacto y a salvo.

Sacrificar un miembro para salvar el cuerpo. Según la analogía de La parte del fuego, para todo lo que existe, ningún otro acontecimiento es comparable al «nacimiento/nominación», momento en que cualquier persona o cosa es susceptible de ser nombrada (bautismo o prueba de fuego[2] literaria):

 

«La literatura es realmente peligrosa. Por eso la prueba de fuego de la identidad —de la humanidad instituida en nosotros— consiste en aprender a dominar el mal que la experiencia de la literatura trae consigo».

La experiencia de la lectura. Estudios sobre literatura y formación,

(Jorge Larrosa, 1996)

 

El lenguaje extiende así su soberanía sobre aquello que ha sido nombrado, y a la manera de un incendio, una combustión capaz de arrasarlo todo: todo desaparece en el habla que lo nombra, se reduce a ello y sin nombre, nada existiría; todo se apresura pues a hundirse en una ausencia irremediable.

La literatura como vehículo, es lenguaje, prolonga ese mismo movimiento de un modo sorprendente: sus palabras, como todas, hacen la ausencia, pero ellas mismas prolongan más lejos aún su movimiento y quieren hacerse ausentes, ser esta misma ausencia. Y tal vez llegan a serlo en la obra de todos aquellos que han llevado esta labor hasta su extremo, pero con el resultado —quizá decepcionante, pero ahí estará el misterio de su gloria— de que, en lugar de la ausencia total, una y otra vez y de múltiples maneras, sólo tienen la presencia de esa misma ausencia así creada. Es decir, la «parte del fuego» —la literatura—, que es lo que desaparece, a su vez, en cuanto a que apunta a aquello que desaparece, es lo que no puede desparecer jamás o —lo que es lo mismo— algo imposible que no puede dejar de aparecer. En ese juego de contrarios, tan propio del taoísmo o la literatura, la ciencia de la palabra demuestra no poder desvincularse del principio de incertidumbre de Heisenberg y afirma lo que niega al mismo tiempo, correlaciona la tesis y la antítesis perturbando el modelo original, creando —por tanto— su propia versión.

La vida, como las palabras, está llena de relaciones indeterminadas. Pocos teorizan a cerca del Lenguaje como ente propio, un caudal poderoso y múltiple que busca —desde tiempos inmemoriales— su cauce; pensar en el lenguaje como emisor y mensaje nos convertiría a nosotros en avatares de algo muy superior a nosotros, aquello que creemos utilizar para comunicarnos y se expresa a través y más allá de nosotros. Quizá no alcanzamos a ser el pirómano, ni siquiera el fuego; y somos esa minúscula parte, la «parte del fuego» que es sacrificada en pos de la verdadera y perdurable expresión.

Ser esa sublimación de la literatura que desaparece, la ínfula finita, el abnegado soldado, es concebirse como mortal cobaya frente al mundo y sus misterios, una reducción moral e intelectual que, de llevarse a cabo en nuestra especie, sería más justa con todo lo demás y haría del mundo y el universo, lugares más sostenibles, seguros y prósperos.

Si hablamos del calor y la luz, de la sombra y la ceniza, de la danza, de la muerte, estamos hablando del fuego. Pero no de un fuego que es resultado de la combinación de elementos físicos —aunque este se reconozca y perciba de la misma manera—, no de un fuego provocado, controlado, sino del fuego primordial, salvaje, que arde y se propaga desde mucho antes que el ser humano se arrastrara por la tierra, el fuego místico, universal, análogo a todas sus «formas» y todos sus estados, el fuego de la vida.

Del mismo modo que una rosa puede provocar la felicidad, pero también herir y hacer sangrar, el fuego físico cumple ese canon natural de ambigüedad, sigue el patrón de equilibrio entre el bien y el mal y su deliberado uso complementa esa ponderación de fuerzas naturales. El fuego puede carbonizarnos y acabar con nosotros, pero también ayudarnos a sobrevivir con su calor y ser un arma defensiva. Somos fuego. En nuestro cuerpo contenemos los elementos necesarios para provocar ese atávico baile de las llamas[3].

¿Qué ocurre si el fuego no se provoca, sino nace? ¿O si el fuego no quema, se alimenta? ¿Qué ocurre si el fuego es un ente propio como el lenguaje? ¿Qué ocurre si no se propaga, sino se reproduce?

La arquitectura del fuego y su comportamiento están delimitados por las demás fuerzas de la naturaleza, ¿pero qué ocurriría si su coreografía, la causa de su efecto, fuese definitivamente su albedrío?

Quizá, el nuestro, es el lenguaje del fuego. Una retórica dinámica y constante, como todo cuanto existe. ¿Qué parte de nuestras vidas estamos dispuestos a sacrificar para salvaguardar los tesoros fundamentales? ¿Desde qué parte del fuego poetizo?

Si amar es ese fuego inextinguible, querer arder, inmolarse por el otro, avivemos esa «parte del fuego» y que se produzca el milagro.

 

Blanchot

Una de las pocas fotografías de Maurice Blanchot en su juventud.

 

 

[1] Publicado en España por la editorial Arena (2007).

[2] Según Blanchot, la literatura amenaza la identidad del ser humano y para evitarlo es necesaria la desactivación del desafío literario.

[3] Véase «combustión espontánea».

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