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Título: Del desencanto y otras pesadumbres

Autor: Ignacio Caparrós

Género: Poesía

Editorial: Algar

Número de páginas: 59

Año de publicación: 2001

Un jurado compuesto por: Ricardo Bellveser, Antonio Hernández, Ricardo López, Julio Martínez, Enrique Pérez y Antonio Porpetta designó como ganador de los premios literarios “Ciutat de Valencia” en la modalidad de Poesía (Vicente Gaos) al poeta malagueño licenciado en Filología Hispánica, Ignacio Caparrós.

Caparrós, que sin duda vivió una época dorada desde el año 1998 hasta el 2003, tuvo la oportunidad de ser reconocido en varios certámenes literarios como: el premio “Bahía” año 1998, el “Ciudad de Archidona” año 2000, el premio internacional “Ciudad de Trujillo” año 2003, premio de Poesía Bilaketa (Villa de Aoiz) año 2001 o el premio “Ciudad de Valencia” año 2000 con la obra que hoy nos ocupa. Y entre las obras que escribió durante ese período se encuentran: “Máscaras del silencio” editado por (Huerga y Fierro editores), “Deseo de la luz”, “Heredero del aire” y “Las Flores del Mal” (fueron publicados en la editorial “Alhulia”), “La llama rota” que fue publicado por el ayuntamiento de Trujillo en Cáceres y finalmente “Del desencanto y otras pesadumbres”.

Como el mismo autor confiesa, escribió este poemario hastiado por las malas y constantes críticas que recibía, a su parecer, por envidias fundadas. Supuestamente un buen número críticos y personas del mundo de la Literatura lo increpaban tras haber recibido el encargo de dirigir el Centro Cultural Generación del 27 de la diputación de Málaga, centro que terminó dirigiendo desde el año 1996 hasta el 1999. Lo cierto es que Caparrós trató de sacudirse toda clase de resquemores y preocupaciones que lo angustiaban escupiendo toda su angustia en este poemario, trató de exorcizar toda su ansia de libertad en una explosión catártica de creatividad que resultó ser más que efectiva.

Sorprende la estructura del poemario, poemas consecutivos hasta el final, sin división por bloques, sin otra temática que la liberación del desasosiego, únicamente después de cada poema aparecen versos aislados en dos o tres estrofas, a modo de rimas blancas que despresurizan el denso efluvio de la preocupación, de la necesidad, de la furia, pequeñas composiciones que nos iluminan el camino para mejorar nuestra comprensión del resto.

Estos cuatro versos endecasílabos dan comienzo al libro a modo de advertencia: “Este papel en blanco es la simiente / de la marchita flor de mi silencio. // Sólo el agua del ojo que la riegue / podrá hacerla crecer en su agonía”. Por lo general, Ignacio utiliza versos extensos, no tiene  una pauta concreta a la hora de repartir sus versos, aunque bien es cierto que reitera la utilización de estrofas de cuatro versos y el arte mayor en ellos.

Mezcla un vocabulario poético sin caer en el refinamiento y la dulzura con palabras contundentes por su dureza, veamos este gráfico ejemplo: “Mientras siga yo en pie, aunque solo y con asco, / porque da asco pujar en el sucio mercado, / cuya parca presea, ofrecida en sus tiendas, / es la rosa en los labios del cadáver que somos”. La necesidad, por un lado, de verter las opiniones por tanto tiempo guardadas, y por otro, de hacerlo a través de la educación del yo poético, hace necesaria esta mezcla de léxicos con la que es relativamente fácil enfatizar, encumbrar o desmitificar cualquier pensamiento. Hay en la retórica de Caparrós, una cadencia sonora, utiliza muy bien la supresión o adición de artículos, creo que el conjunto de su poemario funciona muy bien con el lector porque contiene ritmo y sustancia, dos factores esenciales para cualquier obra.

No es barroco ni aséptico, no es divino ni mundano, quizá su escritura se asienta en un lugar donde puede ser comprendida por todos y eso lo convierte en universal y cercano.

El discurso de Caparrós, es un afán por resistir el envite de las lenguas viperinas que le entregan su vómito de viento, un viento que anudado a la mentira se convierte en huracanes: “Si me mantengo en pie contra nubes y sombras / que en lo oscuro me acechan para ver cómo caigo, / para ver cómo pueden cercenarme las alas / con espadas de incuria o taimados puñales”.

El hecho de encontrar en su bibliografía una brillante traducción de la gran obra de Baudelaire “Las Flores del Mal”, una versión analógica en la que invirtió veinte años de su vida y consiguió situarse entre las más fieles hasta la fecha, me hace pensar en ciertos paralelismos con respecto a su obra personal. Por un lado, bien pudiera haber titulado Baudelaire a sus flores “Del desencanto y otras pesadumbres” como lo mismo pudiera haber hecho Caparrós, llamando “Flores del Mal” a sus pesadumbres. Curiosamente encuentro más de una semblanza entre estas dos obras, por ejemplo: Baudelaire comienza su clásico con unas palabras al lector a modo de advertencia, lo mismo que Caparrós. Al igual que Caparrós, también entre el desconcierto de formas métricas de las flores predominan las estrofas de cuatro versos y de arte mayor. En ambas obras se utiliza el lirismo entremezclado con la dureza y la sordidez, aunque tal vez Baudelaire imprimiera mayor angustia y oscuridad a sus versos. En ocasiones, el yo lírico de ambas obras deja de proyectarse hacia afuera y se dirige concretamente al lector, de modo que el poeta se convierte en apóstrofe y el poema en la descripción de un mapa. Digamos que la admiración por la figura y obra del poeta francés han servido a Ignacio de inspiración, aunque tal vez, haya sido inconscientemente.

En el poema “Como las rosas” Ignacio suspira de esta manera: “Jamás imaginé /

que fuesen tan perversos los artistas”. Y alcanza una hondura insospechada reflexionando acerca de la lección que nos ofrecen las rosas desinteresadas ante el afán de reconocimiento de los artistas, quizá la misma rosa que el artista intenta dibujar o describir, pero de la que no conseguirá descifrar jamás su humilde testamento.

En el poema “Mentiras” el desencanto se esgrime con un escarnio que lapida, no hay lugar para la esperanza, no hay concesiones para la absolución, para la redención, parece que la felicidad sea imposible: “La verdad es mentira, el amor un engaño, / la amistad, mientras dura, algún tanto por ciento / y, si nada, el olvido, la transferencia urgente / a otra espalda corriente que abrazar con más rédito”. Pero no todo es desesperanza y caos, el dolor ha servido siempre para hacernos reflexionar, y más a los artistas, quienes somos capaces de vislumbrar un limbo hasta en el mismo infierno.

Celebré la lectura de este libro y hoy lo recomiendo abiertamente, está escrito en la madurez de un artista atribulado, en esa edad provecta donde los cabos se unen para formar diques, donde los fantasmas que antaño nos asustaban se esconden a nuestro paso y apenas podemos escuchar su ruido; un poemario escrito en esa etapa donde inventamos los sentidos para aquello que no lo tiene.

Ignacio Caparrós puede presumir de haber creado los premios de poesía: “Generación del 27”, “Emilio Prados” e “Ibn Gabirol”, además de las colecciones: “Ibn Gabirol” (poesía), “El paraíso desdeñado” (ensayo), “27” (cuentos) y “Facsímil”, así como también la creación de la revista “Calas”. Es una figura relevante en su Málaga natal, incluido en la lista de las diez personas más populares de su tierra. Ha organizado congresos, ciclos de poesía europea, mesas redondas, encuentros literarios y lecturas poéticas.

Desde su primera publicación en el año 1993 “Sombra de la sombra que soy” hasta la publicación de su último trabajo en 2010 “Titúlame” han transcurrido diecisiete años de fecunda trayectoria y laureado recorrido, el recorrido de una voz poética que, por suerte,  todavía no ha pronunciado su última palabra.

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