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Blanchot y la parte del fuego

Publicado: 19 septiembre, 2015 en artículos
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¿Qué le ocurre a quien confía en ese genio de la muerte absoluta que permanece en el fondo del habla? La inmortalidad. ¿Y qué le ocurre a quien consagra su existencia al lenguaje para convertirlo en la verdad de la existencia? La mentira de una existencia de papel, la mala fe de una vida que figura la vida, que se experimenta en experimentos de palabras y que se dispensa por estar imitando lo que no es. Estos fracasos se tornan tanto más grandes cuanto más puro es el triunfo. En ese sentido la poesía es el reino del desastre.

 La parte del fuego, Maurice Blanchot

 

Ese «reino del desastre» del que hablaba Blanchot (1907-2003), refiriéndose a la poesía, parece ser considerado un error menos fatal que el resto de la literatura, al que el mismo autor de La escritura del desastre, 1980,  denomina «mentira».

Ya Mishima refirió a la literatura como algo artificial; qué duda cabe, la literatura, en una de sus más pobres definiciones, es una combinación de signos con una aspiración comunicativa y aunque personalmente creo que la poesía alcanza las cotas más altas de belleza en literatura, preveo un rol de mayor relevancia tanto a la lírica como a la literatura en general.

Cuando agrupamos los signos buscando la descripción o la crónica, el lenguaje queda en mera semblanza, una abstracción alfamatérica que dista mucho del concepto original. Sin embargo, cuando describimos un sueño, una idea o un pensamiento, su transcripción caligráfica es lo único que «existe» relativo a ello, por tanto, la escritura cobra un valor más importante y trascendente al vincularse con el germen de dicha revelación. Y qué decir cuando la palabra es solícita al mandamiento del arte; cuando el irracionalismo, la pasión, el sentimiento, cobran forma y trascienden las emociones de otros seres. Shakespeare decía que en la misma fuerza de la llama del amor, existe el pábilo que la mengua; la pasión se ahoga en su propio exceso y hay que cuidarse de él. Pero ¿de qué forma —en lances de emoción— podemos dirimir qué vive o muere?

La parte del fuego[1] (1949) es una profunda meditación acerca de la creación literaria. No debe considerarse como una mera colección de lecturas de la obra de poetas surrealistas como Mallármé, Hölderlin, Baudelaire, Rimbaud o René Char, incluyendo narradores de la talla de Kafka, Sartre, Gide, Leiris, Constant, Miller, Malraux, Hemingway o Lautréamont. La parte del fuego también contiene en sus páginas el legado de una buena nómina de filósofos como Nietzsche, Pascal, Valèry o Paulhan, y de ahí es precisamente de donde parte el renovado intento de Maurice Blanchot por responder a una pregunta cuya respuesta se escabulle en el misterio de su propio modo de ser: ¿qué es la literatura? A esta pregunta La parte del fuego, en su ensayo final La literatura y el derecho a la muerte, responderá con enorme gravedad: «la literatura es lenguaje, el lenguaje que lleva consigo la muerte y permanece en ella». Eso es lo mismo que también dice su título: la literatura —y no otra cosa— es la «parte del fuego».

¿La parte del fuego? El sentido de esta expresión francesa no es fácilmente accesible al lector español: «faire la part du feu» significa el acto por el cual aceptamos perder una parte de algo —en caso de Blanchot, el texto— para preservar el resto, como sucede cuando en un incendio y ante la imposibilidad de sofocar de inmediato las llamas, se orienta el fuego en una dirección —lugar donde todo quedará consumido (la parte del fuego) —, con el objeto de que lo demás permanezca intacto y a salvo.

Sacrificar un miembro para salvar el cuerpo. Según la analogía de La parte del fuego, para todo lo que existe, ningún otro acontecimiento es comparable al «nacimiento/nominación», momento en que cualquier persona o cosa es susceptible de ser nombrada (bautismo o prueba de fuego[2] literaria):

 

«La literatura es realmente peligrosa. Por eso la prueba de fuego de la identidad —de la humanidad instituida en nosotros— consiste en aprender a dominar el mal que la experiencia de la literatura trae consigo».

La experiencia de la lectura. Estudios sobre literatura y formación,

(Jorge Larrosa, 1996)

 

El lenguaje extiende así su soberanía sobre aquello que ha sido nombrado, y a la manera de un incendio, una combustión capaz de arrasarlo todo: todo desaparece en el habla que lo nombra, se reduce a ello y sin nombre, nada existiría; todo se apresura pues a hundirse en una ausencia irremediable.

La literatura como vehículo, es lenguaje, prolonga ese mismo movimiento de un modo sorprendente: sus palabras, como todas, hacen la ausencia, pero ellas mismas prolongan más lejos aún su movimiento y quieren hacerse ausentes, ser esta misma ausencia. Y tal vez llegan a serlo en la obra de todos aquellos que han llevado esta labor hasta su extremo, pero con el resultado —quizá decepcionante, pero ahí estará el misterio de su gloria— de que, en lugar de la ausencia total, una y otra vez y de múltiples maneras, sólo tienen la presencia de esa misma ausencia así creada. Es decir, la «parte del fuego» —la literatura—, que es lo que desaparece, a su vez, en cuanto a que apunta a aquello que desaparece, es lo que no puede desparecer jamás o —lo que es lo mismo— algo imposible que no puede dejar de aparecer. En ese juego de contrarios, tan propio del taoísmo o la literatura, la ciencia de la palabra demuestra no poder desvincularse del principio de incertidumbre de Heisenberg y afirma lo que niega al mismo tiempo, correlaciona la tesis y la antítesis perturbando el modelo original, creando —por tanto— su propia versión.

La vida, como las palabras, está llena de relaciones indeterminadas. Pocos teorizan a cerca del Lenguaje como ente propio, un caudal poderoso y múltiple que busca —desde tiempos inmemoriales— su cauce; pensar en el lenguaje como emisor y mensaje nos convertiría a nosotros en avatares de algo muy superior a nosotros, aquello que creemos utilizar para comunicarnos y se expresa a través y más allá de nosotros. Quizá no alcanzamos a ser el pirómano, ni siquiera el fuego; y somos esa minúscula parte, la «parte del fuego» que es sacrificada en pos de la verdadera y perdurable expresión.

Ser esa sublimación de la literatura que desaparece, la ínfula finita, el abnegado soldado, es concebirse como mortal cobaya frente al mundo y sus misterios, una reducción moral e intelectual que, de llevarse a cabo en nuestra especie, sería más justa con todo lo demás y haría del mundo y el universo, lugares más sostenibles, seguros y prósperos.

Si hablamos del calor y la luz, de la sombra y la ceniza, de la danza, de la muerte, estamos hablando del fuego. Pero no de un fuego que es resultado de la combinación de elementos físicos —aunque este se reconozca y perciba de la misma manera—, no de un fuego provocado, controlado, sino del fuego primordial, salvaje, que arde y se propaga desde mucho antes que el ser humano se arrastrara por la tierra, el fuego místico, universal, análogo a todas sus «formas» y todos sus estados, el fuego de la vida.

Del mismo modo que una rosa puede provocar la felicidad, pero también herir y hacer sangrar, el fuego físico cumple ese canon natural de ambigüedad, sigue el patrón de equilibrio entre el bien y el mal y su deliberado uso complementa esa ponderación de fuerzas naturales. El fuego puede carbonizarnos y acabar con nosotros, pero también ayudarnos a sobrevivir con su calor y ser un arma defensiva. Somos fuego. En nuestro cuerpo contenemos los elementos necesarios para provocar ese atávico baile de las llamas[3].

¿Qué ocurre si el fuego no se provoca, sino nace? ¿O si el fuego no quema, se alimenta? ¿Qué ocurre si el fuego es un ente propio como el lenguaje? ¿Qué ocurre si no se propaga, sino se reproduce?

La arquitectura del fuego y su comportamiento están delimitados por las demás fuerzas de la naturaleza, ¿pero qué ocurriría si su coreografía, la causa de su efecto, fuese definitivamente su albedrío?

Quizá, el nuestro, es el lenguaje del fuego. Una retórica dinámica y constante, como todo cuanto existe. ¿Qué parte de nuestras vidas estamos dispuestos a sacrificar para salvaguardar los tesoros fundamentales? ¿Desde qué parte del fuego poetizo?

Si amar es ese fuego inextinguible, querer arder, inmolarse por el otro, avivemos esa «parte del fuego» y que se produzca el milagro.

 

Blanchot

Una de las pocas fotografías de Maurice Blanchot en su juventud.

 

 

[1] Publicado en España por la editorial Arena (2007).

[2] Según Blanchot, la literatura amenaza la identidad del ser humano y para evitarlo es necesaria la desactivación del desafío literario.

[3] Véase «combustión espontánea».

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Con el poeta Antonio Praena en el Instituto Valenciano de Arte Moderno.

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“De la tradición, según esto es hija la historia, y la escrita que primero fue vocal, y lo son todas, pues tradición es narración, opinión y doctrina derivada vocalmente, sin haber escrito, con el uso de padres a hijos, y de los que vieron las cosas, a los que no las vieron”.

Luis Cabrera de Córdoba, 1611.

Es bien sabido que las protestas contra la celebración de corridas de toros en España se han multiplicado en los últimos tiempos, de hecho, en algunos puntos de nuestra geografía se ha suprimido. La lucha por la defensa de los animales es más rotunda por parte de los antitaurinos, algo que apoya un amplio sector de la sociedad, más si cabe, al enterarse de que tal fiesta está en buena parte subvencionada por el Estado. Aunque no voy a tratar en este artículo el tema de la tortura animal o tauromaquia, me sirve como introducción a lo absurdo, injusto o cruel de algunas tradiciones (convertidas en negocio), y es que, en España, aunque duela escucharlo, somos muy paracrónicos.

En lo que a tradiciones se refiere, vivimos en el medievo; no sólo no nos importa no crecer ni adaptarnos a nuestra realidad actual, sino que lo celebramos. La visión conservadora o fanática de cualquier tradición, ve en la misma, algo que preservar de manera fiel, acrítica e inalterable a toda opinión o prejuicio, por encima de todo y de todos. Mientras que desde una perspectiva más abierta al cambio se aprecia, por el contrario, que la vitalidad de una tradición depende de su capacidad para renovarse, pudiendo modificar su forma para adaptarse a nuevas circunstancias, sin perder por ello su sentido. El problema, es que algunas tradiciones no pueden conservar su sentido, sencillamente porque nunca lo han tenido. El gran poeta sevillano Vicente Aleixandre, con referencia a esta capacidad creadora de la tradición, pronunció en su discurso tras recibir el Premio Nobel: «tradición y revolución. He ahí dos palabras idénticas».

El pasado miércoles 26 de agosto tuvo lugar en Buñol, una localidad de la Comunidad Valenciana, una fiesta tradicional conocida por «tomatina». Dicha celebración, de periodicidad anual, consiste en una batalla campal entre las personas que quieran participar, utilizando como proyectil el tomate. Sí, esa “fruta” de nombre científico solanum lycopersicum, originaria de América y que hoy es tan común en nuestra huerta, es literalmente DESPERDICIADA, en plena crisis, como diversión. Hasta 150 toneladas de tomates fueron arrojados en esta fiesta que ha celebrado ya su 70 aniversario y en la que participaron hasta 22.000 personas. Hemos escuchado tantas veces en los medios de comunicación eso de «cada minuto, diez niños mueren de hambre en el mundo» que nos hemos insensibilizado. Desgraciadamente, el hambre ya no es algo tan alejado de nuestros familiares, de nuestros amigos, de nuestros vecinos; a día de hoy, es fácil observar en pleno siglo veintiuno y en grandes ciudades de países que se hacen llamar «desarrollados», cómo un mismo contenedor de basuras es inspeccionado por personas necesitadas hasta veinte veces al día.

No olvidemos que el tomate no es un juguete, no es basura, es un “alimento”, y nosotros, no somos pobladores de un barrio o de una ciudad, ni siquiera de un país, somos pobladores del mundo y hasta que no tengamos esa percepción del lugar que ocupamos, esa actitud y dimensión ante el dolor ajeno, seguiremos considerándonos inocentes.

Más que frívolo, es bastante cruel que mientras cientos, miles de personas mueren por inanición, nosotros arrojemos a la basura el alimento para satisfacer nuestra diversión. No encuentro argumentos suficientes para defender este tipo de festejos, y lo dice un valenciano que vivió esta particular fiesta en sus carnes cuando era adolescente. Lo mire como lo mire, me resulta inmoral. El tomate posee: calorías, sodio, potasio, calcio, hierro, magnesio, vitaminas, es algo valioso que la naturaleza nos brinda, ¿no estaría mejor utilizado en manos de quien lo necesita? ¿Acaso no sería igual de divertido arrojarse bolas de gomaespuma?

Ya sé que los habitantes de Buñol —defensores de la fiesta por sus connotaciones económico-socio-culturales— o los participantes de la tomatina, no son los culpables del hambre que padece el mundo, pero sí podrían paliar —en la medida de sus posibilidades— los efectos de esa lacra tan terrible, podrían lavar su imagen y no contribuir a lo que considero una de las pandemias del capitalismo imperialista, el hambre.

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No es necesario malgastar los recursos naturales para prosperar económicamente, no es necesario tampoco para conseguir que una pequeña localidad sea conocida en el mundo entero, existen otros caminos, otras vías más dignas y sostenibles. Los defensores de la fiesta aseguran que los tomates que utilizan son comprados en Xilxes, una localidad de Castellón, a bajo precio ya que por su sabor no son aconsejables para el consumo humano. Tras lo que me pregunto ¿y qué sabor es apto o no apto, saludable o no, cuando hablamos de personas que beben agua estancada en los charcos y se reparten un puñado de arroz por familia para sobrevivir durante una semana?

Otro argumento que esgrimo para denostar estas prácticas filisteas es la vulneración de los derechos de la mujer y su humillación en público como parte de la fiesta. Es bien sabido que grupos de mozos a merced de sus instintos se ponen de acuerdo para abalanzarse en grupo sobre alguna mujer que esté participando en la fiesta y arrancarle y destrozarle su ropa. Para algunos, esto puede resultar gracioso, pero he visto con mis propios ojos cómo este hecho ha terminado en lágrimas.

Para algunas mentes enfermizas, las fiestas patronales son salvoconductos para liberar esa atávica parte animal que busca la catarsis como válvula de escape, digamos que reducen la cultura a lo que comúnmente se denomina «hacer el gamba».

Y por si fuera poco, una vez terminada la fiesta, el panorama urbano es desolador, 150 toneladas de fruta esparcidas por las calles, de lo que resulta que hay que limpiarlo todo. Para ello se emplean litros y litros de agua que también se desperdicia y es dirigida con mangueras. Lo que me lleva a recordar la precaria situación de los embalses de la Comunidad Valenciana, hoy al cincuenta por ciento, añadiendo a ello la controvertida situación del trasvase Tajo-Segura, uno de los mayores proyectos de ingeniería en España que pretende desviar agua desde Guadalajara hasta la región de Murcia, pasando por Cuenca y Albacete. En la actualidad, los embalses de Castilla-La Mancha rondan el 15% de su capacidad, por lo que los manchegos ya no encuentran mucho sentido a la pretensión de dicho proyecto faraónico.

En mera anécdota queda que este año un vehículo de la empresa Google haya quedado destrozado como consecuencia de pretender grabar imágenes de la fiesta desde su interior, o que una adolescente haya tenido que ser hospitalizada tras caer por un barranco desde una altura de ocho metros.

Vivimos en la sociedad del eufemismo, en arcadias donde la devaluación de la conciencia está llegando a límites paroxísticos. Si en la tradición teatral era costumbre arrojar tomates al escenario para manifestar el descontento del público ante la función representada, desde aquí envío mi tomatazo a tradiciones como la tomatina de Buñol.

Arte-Grafía II

Publicado: 4 septiembre, 2015 en publicaciones
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Órbita Literaria

Arte-Grafía II pretende conseguir, como el proyecto que le precede, aunar dos formas de arte: la gráfica –obras pictóricas y fotográficas–, y la literaria formada por relatos y poemas.
En este libro se encuentran catorce elegidas imágenes de autor a todo color, acompañadas de una breve nota biográfica de su realizador, así como lo que le incentivó o inspiró  para crearla. Las imágenes fueron presentadas de forma anónima a escritores y poetas de la red “Órbita Literaria” y amigos de la misma, para que una vez debidamente visionadas, escogieran y  formularan una creación libre y literaria, que emanara de sus percepciones.
Del resultado de la participación generosa de sus creadores, nace este admirable libro.

(Poemas de Heberto de Sysmo)

Cuando todo está dicho

I

La música en tu présbita mirada

barrunta sinfonías de silencio,

palabras que jamás serán dictado

sarmiento de tus lágrimas marchitas.

Tu pelo blanquecino en un tocado

esconde una belleza trasvenada,

tu cuerpo en consunción y resiliente

elonga en un sudario su misterio.

El tiempo se detiene en tu sonrisa

sonrisa con tus ojos en disenso

pupilas esperando un imposible.

Tu rezo es invisible y silencioso

¡Oh, sombra atemporal, desmemoriada!

Acrílico y seráfico fantasma.

II

 

Recuerdas el amor de quien te quiso

extrañas la pasión de aquellos años,

y sigues esperando en la frontera

que linda con el sueño y la locura.

Anclada en un otoño ya olvidado

suspiras por un tiempo ya perdido,

y a toda tu sapiencia renunciaras

tan sólo por un diezmo de alegría.

Desandas la hermosura de una vida

sintiendo los escarnios del engaño

y ya nada te explicas, ni lo quieres.

Consultas tu reloj con impaciencia

y en ese eterno instante solo escuchas

tu voz, la ingravidez, el extravío.

(Publicado en Arte-Grafía II [Pasiónporloslibros, 2013] como ejercicio de écfrasis sobre un cuadro de Carme Martí)

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Con los poetas Juan Ramón Barat y María Teresa Espasa en la Librería Cosecha Roja de Valencia.

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Con la poeta y novelista Elga Reátegui.

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Con el poeta valenciano Vicente Gallego en la Biblioteca Municipal de Valencia.

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Con el poeta valenciano Ricardo Bellveser en el Excelentísimo Ayuntamiento de Valencia.

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Carboncillo sobre papel verjurado Ingres.

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Título: Del desencanto y otras pesadumbres

Autor: Ignacio Caparrós

Género: Poesía

Editorial: Algar

Número de páginas: 59

Año de publicación: 2001

Un jurado compuesto por: Ricardo Bellveser, Antonio Hernández, Ricardo López, Julio Martínez, Enrique Pérez y Antonio Porpetta designó como ganador de los premios literarios “Ciutat de Valencia” en la modalidad de Poesía (Vicente Gaos) al poeta malagueño licenciado en Filología Hispánica, Ignacio Caparrós.

Caparrós, que sin duda vivió una época dorada desde el año 1998 hasta el 2003, tuvo la oportunidad de ser reconocido en varios certámenes literarios como: el premio “Bahía” año 1998, el “Ciudad de Archidona” año 2000, el premio internacional “Ciudad de Trujillo” año 2003, premio de Poesía Bilaketa (Villa de Aoiz) año 2001 o el premio “Ciudad de Valencia” año 2000 con la obra que hoy nos ocupa. Y entre las obras que escribió durante ese período se encuentran: “Máscaras del silencio” editado por (Huerga y Fierro editores), “Deseo de la luz”, “Heredero del aire” y “Las Flores del Mal” (fueron publicados en la editorial “Alhulia”), “La llama rota” que fue publicado por el ayuntamiento de Trujillo en Cáceres y finalmente “Del desencanto y otras pesadumbres”.

Como el mismo autor confiesa, escribió este poemario hastiado por las malas y constantes críticas que recibía, a su parecer, por envidias fundadas. Supuestamente un buen número críticos y personas del mundo de la Literatura lo increpaban tras haber recibido el encargo de dirigir el Centro Cultural Generación del 27 de la diputación de Málaga, centro que terminó dirigiendo desde el año 1996 hasta el 1999. Lo cierto es que Caparrós trató de sacudirse toda clase de resquemores y preocupaciones que lo angustiaban escupiendo toda su angustia en este poemario, trató de exorcizar toda su ansia de libertad en una explosión catártica de creatividad que resultó ser más que efectiva.

Sorprende la estructura del poemario, poemas consecutivos hasta el final, sin división por bloques, sin otra temática que la liberación del desasosiego, únicamente después de cada poema aparecen versos aislados en dos o tres estrofas, a modo de rimas blancas que despresurizan el denso efluvio de la preocupación, de la necesidad, de la furia, pequeñas composiciones que nos iluminan el camino para mejorar nuestra comprensión del resto.

Estos cuatro versos endecasílabos dan comienzo al libro a modo de advertencia: “Este papel en blanco es la simiente / de la marchita flor de mi silencio. // Sólo el agua del ojo que la riegue / podrá hacerla crecer en su agonía”. Por lo general, Ignacio utiliza versos extensos, no tiene  una pauta concreta a la hora de repartir sus versos, aunque bien es cierto que reitera la utilización de estrofas de cuatro versos y el arte mayor en ellos.

Mezcla un vocabulario poético sin caer en el refinamiento y la dulzura con palabras contundentes por su dureza, veamos este gráfico ejemplo: “Mientras siga yo en pie, aunque solo y con asco, / porque da asco pujar en el sucio mercado, / cuya parca presea, ofrecida en sus tiendas, / es la rosa en los labios del cadáver que somos”. La necesidad, por un lado, de verter las opiniones por tanto tiempo guardadas, y por otro, de hacerlo a través de la educación del yo poético, hace necesaria esta mezcla de léxicos con la que es relativamente fácil enfatizar, encumbrar o desmitificar cualquier pensamiento. Hay en la retórica de Caparrós, una cadencia sonora, utiliza muy bien la supresión o adición de artículos, creo que el conjunto de su poemario funciona muy bien con el lector porque contiene ritmo y sustancia, dos factores esenciales para cualquier obra.

No es barroco ni aséptico, no es divino ni mundano, quizá su escritura se asienta en un lugar donde puede ser comprendida por todos y eso lo convierte en universal y cercano.

El discurso de Caparrós, es un afán por resistir el envite de las lenguas viperinas que le entregan su vómito de viento, un viento que anudado a la mentira se convierte en huracanes: “Si me mantengo en pie contra nubes y sombras / que en lo oscuro me acechan para ver cómo caigo, / para ver cómo pueden cercenarme las alas / con espadas de incuria o taimados puñales”.

El hecho de encontrar en su bibliografía una brillante traducción de la gran obra de Baudelaire “Las Flores del Mal”, una versión analógica en la que invirtió veinte años de su vida y consiguió situarse entre las más fieles hasta la fecha, me hace pensar en ciertos paralelismos con respecto a su obra personal. Por un lado, bien pudiera haber titulado Baudelaire a sus flores “Del desencanto y otras pesadumbres” como lo mismo pudiera haber hecho Caparrós, llamando “Flores del Mal” a sus pesadumbres. Curiosamente encuentro más de una semblanza entre estas dos obras, por ejemplo: Baudelaire comienza su clásico con unas palabras al lector a modo de advertencia, lo mismo que Caparrós. Al igual que Caparrós, también entre el desconcierto de formas métricas de las flores predominan las estrofas de cuatro versos y de arte mayor. En ambas obras se utiliza el lirismo entremezclado con la dureza y la sordidez, aunque tal vez Baudelaire imprimiera mayor angustia y oscuridad a sus versos. En ocasiones, el yo lírico de ambas obras deja de proyectarse hacia afuera y se dirige concretamente al lector, de modo que el poeta se convierte en apóstrofe y el poema en la descripción de un mapa. Digamos que la admiración por la figura y obra del poeta francés han servido a Ignacio de inspiración, aunque tal vez, haya sido inconscientemente.

En el poema “Como las rosas” Ignacio suspira de esta manera: “Jamás imaginé /

que fuesen tan perversos los artistas”. Y alcanza una hondura insospechada reflexionando acerca de la lección que nos ofrecen las rosas desinteresadas ante el afán de reconocimiento de los artistas, quizá la misma rosa que el artista intenta dibujar o describir, pero de la que no conseguirá descifrar jamás su humilde testamento.

En el poema “Mentiras” el desencanto se esgrime con un escarnio que lapida, no hay lugar para la esperanza, no hay concesiones para la absolución, para la redención, parece que la felicidad sea imposible: “La verdad es mentira, el amor un engaño, / la amistad, mientras dura, algún tanto por ciento / y, si nada, el olvido, la transferencia urgente / a otra espalda corriente que abrazar con más rédito”. Pero no todo es desesperanza y caos, el dolor ha servido siempre para hacernos reflexionar, y más a los artistas, quienes somos capaces de vislumbrar un limbo hasta en el mismo infierno.

Celebré la lectura de este libro y hoy lo recomiendo abiertamente, está escrito en la madurez de un artista atribulado, en esa edad provecta donde los cabos se unen para formar diques, donde los fantasmas que antaño nos asustaban se esconden a nuestro paso y apenas podemos escuchar su ruido; un poemario escrito en esa etapa donde inventamos los sentidos para aquello que no lo tiene.

Ignacio Caparrós puede presumir de haber creado los premios de poesía: “Generación del 27”, “Emilio Prados” e “Ibn Gabirol”, además de las colecciones: “Ibn Gabirol” (poesía), “El paraíso desdeñado” (ensayo), “27” (cuentos) y “Facsímil”, así como también la creación de la revista “Calas”. Es una figura relevante en su Málaga natal, incluido en la lista de las diez personas más populares de su tierra. Ha organizado congresos, ciclos de poesía europea, mesas redondas, encuentros literarios y lecturas poéticas.

Desde su primera publicación en el año 1993 “Sombra de la sombra que soy” hasta la publicación de su último trabajo en 2010 “Titúlame” han transcurrido diecisiete años de fecunda trayectoria y laureado recorrido, el recorrido de una voz poética que, por suerte,  todavía no ha pronunciado su última palabra.