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“El capitalismo es capaz de destruir la posibilidad de una vida digna”

Noam Chomsky

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zygmunt bauman

Zygmunt Bauman

Cíclicamente, la historia se repite. Cualquier hemeroteca puede dar buena cuenta de ello: Gripe A (2009-2010), Gripe aviaria (2003) o el Síndrome Respiratorio Agudo severo (2002). Actualmente, el ciudadano del siglo XXI, sobrevive instalado en la desconfianza hacia sus gobernantes; el descrédito político es tal, que a nadie sorprende ya que -tras una investigación- una pandemia resulte ser provocada por los gobiernos para dos fines: atemorizar y controlar a la sociedad con su propagación (cortina de humo), al tiempo que para enriquecerse después con la venta de su vacuna. Entidades mediáticas como la fundada por Julian Assange (Wikileaks) en 2007, se han encargado de desvelar los oscuros propósitos de los gobiernos, así como las mentiras que han utilizado para encubrir sus verdaderos intereses. La sombra de una monumental conspiración, urdida por la mayoría de riquezas mundiales en consenso, ha provocado un florecimiento de teorías conspiratorias que daría para formar otra historia universal no contada. Poco a poco, se asume la maldad por su costumbre, se tolera porque es trivial y cotidiana, algo tan patético como terrible.

Que la salud mundial sufre secularmente serias amenazas virales, es algo —a día de hoy— innegable. Otra cosa es pensar que dichas amenazas, sean propiciadas por causas naturales. Basta con hacer un somero repaso a la aparición de algunas pandemias que han marcado relevantemente nuestra historia, para darnos cuenta de las constantes que se repiten y comparten -tácitamente- como denominador común:

En el año 430 a.C. Tuvo lugar la llamada “Plaga de Atenas”, aparecida curiosamente “durante la Guerra del Peloponeso” y más desconcertante todavía, debido a “un agente desconocido”; el caso es que le fue atribuido a la fiebre tifoidea la muerte del cuarenta por ciento de las tropas atenienses. Ya terminada la guerra, la infección siguió haciendo estragos y acabó con la cuarta parta de la población. ¿Pudo haber sido utilizada tal pandemia estratégicamente?

No es la única vez que un potente virus irrumpe al mismo tiempo que un conflicto bélico, por ejemplo, el tifus. En el año 1489 y durante las famosas Cruzadas, el tifus se llevó la vida de 20.000 españoles que combatían contra los musulmanes en Granada. Más tarde, en el año 1528, los mismos españoles se vieron beneficiados por el tifus, ya que en su lucha contra los franceses por la posesión de Italia, el tifus arrasó las filas francesas llevándose más de 18.000 vidas, dato por el cual, los franceses, perdieron su supremacía en Italia. 30.000 personas más murieron a causa del tifus en 1542, mientras se combatía a los otomanos en los Balcanes. La recurrencia de dicha enfermedad en tiempos de guerra era tal, que fue llamada «fiebre de los campamentos».

La mayor pandemia del siglo XIV, la peste negra, se “supone” que empezó en algún lugar del norte de la India. Se “supone” también que cruzó el mar a través de marineros infectados, y así pudo devastar la población europea cobrándose 25 millones de víctimas. Demasiadas suposiciones y coincidencias; brotes de origen desconocido, apariciones que casualmente coinciden con periodos de conflicto, y lo más importante, casi siempre las epidemias aparecen en zonas superpobladas: India, Europa, la antigua Rusia, China, el continente africano. El impacto causado por el Cólera, el Sida o la Viruela, ha demostrado con creces la fragilidad de nuestra especie, sus aportaciones a la raza humana, mediante grandes campañas de exterminio, nos han ayudado a sobreponernos a grandes obstáculos y a tener —cada vez— mucho más en cuenta, la vida microscópica.

Gracias al imparable desarrollo de la tecnología, cada vez resulta más fácil crear un virus letal en cualquier laboratorio y liberarlo impunemente en algún lugar inhóspito del mapa. ¿Hasta qué punto es ilícito vincular esta mascarada con la gran industria farmacológica? Recordemos que tras ellas se encuentran los grandes inversores. Esa misma sospecha -la de liberar un virus en una zona concreta- mantuvieron los habitantes de Sierra Leona desde que empezó a operar en sus tierras el famoso hospital de Kenema. Dicho hospital era gestionado tanto por administradores locales, como por doctores e investigadores de la Universidad de Tulane en Nueva Orleans, como del Instituto de Investigación Médica de Enfermedades Infecciosas de la Armada de los Estados Unidos. Allí trabajaba el doctor Shiekh Humar Khan, uno de los máximos expertos en Ébola de Sierra Leona, considerado un héroe nacional por su lucha contra la enfermedad y que murió el pasado 29 de julio tras ser infectado “extrañamente” por el virus. En dicho hospital, existe un laboratorio de armas biológicas, y es allí donde el experto en VIH y Ébola, Glenn Thomas, consultor de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en Ginebra, participó en una serie de investigaciones acerca de operaciones de prueba en la zona con el virus. Tras esto, los habitantes de Sierra Leona culpabilizaron al hospital de inocular el virus a algunos de sus pacientes; existen pruebas constatables de ello. Thomas fue consciente de que el hospital había manipulado pruebas y diagnósticos de algunos pacientes, con la intención de convencerlos de que estaban infectados del virus y se sometieran a un tratamiento que no haría otra cosa que infectarles. Tal maniobra tenía como fin último la comercialización de una vacuna; pero la gente, tan asustada como indignada, se rebeló y el hospital fue atacado. El gobierno de Sierra Leona tomó cartas en el asunto y terminó cerrando el hospital.

Glenn Thomas se negó rotundamente a participar en tales prácticas, por lo que —y ahora viene parte de la teoría conspiratoria que sostengo— además de ser considerado peligroso, al estar al tanto de los intereses extranjeros en Sierra Leona y poder desenmascararlos, también era considerado como competencia, ya que sus estudios sobre el Ébola tarde o temprano terminarían culminando en una vacuna. Así que, casualmente, Thomas fue uno de los pasajeros que se perdieron en aquel vuelo de la compañía Malasyan Airlines sobre el cielo de Ucrania. Que cada uno extraiga sus propias conclusiones.

Tras la clausura del hospital de Kenema, hemos podido conocer, poco a poco, datos que ya ponen nombres y apellidos a las personas relacionadas —de alguna manera— con esta trama. Nombres como los de Bill Gates y su esposa Melinda, quienes —presuntamente— tenían algún tipo de conexión con este asunto. Y en esta dinámica, aparece el nombre del multimillonario George Soros, quien a través de su fundación (Fundación Soros Open Society) se descubrió como uno de los fuertes inversores interesados en la zona llamada “Triángulo de la muerte del Ébola” formada por Sierra Leona, Guinea y Liberia.

Tres grandes firmas farmacológicas han duplicado ya sus beneficios bursátiles sólo con anunciar que tienen una vacuna contra el Ébola. ¿Por qué razón desaparecen misteriosamente expertos en el tema? ¿Alguien tiene una explicación para justificar la desaparición del vuelo MH- 17 de Malasyan Airlines sobre Ucrania? Si la idea principal era que el virus del Ébola se propagase por África con posibilidad de llegar a otros países, era completamente necesario —puesto que los países vecinos son más desarrollados— que tuviese lugar una cadena de errores humanos que propiciaran su expansión. La realidad es incontestable, no hay más que leer los periódicos.

Que el virus del Ébola se expanda y mate a miles o millones de personas por todo el mundo, además de todas las “utilidades” mencionadas para sus creadores, conlleva otro “beneficio” más para aquellos que tratan de injerir y manipular el mundo; el control demográfico.

Ya en el siglo XVIII, el famoso clérigo anglicano y erudito británico Thomas Robert Malthus (1766-1834), considerado uno de los primeros demógrafos, expuso la crasa importancia que supone para un gobierno, conocer y controlar el crecimiento demográfico de su población. Malthus fue miembro de la Royal Society desde 1918, fue quien popularizó la teoría de la renta económica, y alcanzó la categoría de verdadera celebridad al publicar la primera edición de su Ensayo sobre el principio de la población (1798). En dicha obra, Malthus expuso la problemática que resulta de acrecentar el número de habitantes de un país sin tener en cuenta la cantidad de recursos naturales que la tierra puede proveer para sostener tal crecimiento. Esto mismo, es lo que en su libro resumió en dos párrafos de esta manera:

“Mas en el hombre los efectos de éste obstáculo (límites naturales de espacio y alimento) son muy complicados; guiados por el mismo instinto, le detiene la voz de la razón que le inspira el temor de ver a sus hijos con necesidades que no podrá satisfacer. Si cede a este justo temor es muchas veces por virtud. Si por el contrario le arrastra su instinto, la población crece más que los medios de subsistencia”.

“Cuando no lo impide ningún obstáculo, la población va doblando cada 25 años, creciendo de período de período, en una progresión geométrica.
Los medios de subsistencia, en las circunstancias más favorables, no se aumentan sino en una progresión aritmética”.

Robert Malthus (Ensayo sobre el principio de la población)

Para llegar a tales conclusiones, Malthus estudia el modelo de crecimiento de la sociedad norteamericana durante el siglo XVIII. Así constata que debido a la libertad de emancipación y la abundancia de los recursos alimenticios —fomentados por la industrialización—, no existe nada que frene la natural fuerza de expansión de una población y ésta puede crecer descontroladamente. Para Malthus, existían unos obstáculos al crecimiento de la población que clasificó de dos maneras: como obstáculos privativos y obstáculos destructivos:

Obstáculos privativos (implican voluntariedad)

  • Restricción moral: abstinencia del matrimonio, castidad, retraso del matrimonio hasta acumular recursos.
  • Vicios: libertinaje, prácticas contrarias a la naturaleza, violación del lecho conyugal, uniones criminales, uniones irregulares.

Obstáculos destructivos (no requieren voluntariedad)

  • Miseria: ocupaciones malsanas, trabajos penosos, pobreza, mala alimentación, insalubridad, enfermedades, epidemias, hambre, peste.
  • Vicios y desgracias: excesos, guerras.

La capacidad de síntesis de Malthus, consigue reducir a tres premisas la argumentación de su postulado:

“La población está limitada necesariamente por los medios de subsistencia.
La población crece invariablemente siempre que crecen los medios de subsistencia, a menos que lo impidan obstáculos poderosos y manifiestos.

 La fuerza superior de crecimiento de la población no puede ser frenada sin producir miseria”.

El crecimiento desmesurado de una población —según Malthus— ponía en peligro el sistema capitalista, no garantizaba el alto nivel de vida de los países desarrollados y por el contrario, sí garantizaba que una gran parte del mundo, estaría instalada por siempre en la pobreza y la miseria, por lo que se generaría una profunda desigualdad y ese numeroso estrato social se convertiría en un foco interminable de problemas: robos, epidemias, desobediencia.

Adam Smith (1723-1790), fue un ilustre economista y filósofo escocés, y para mucha gente, uno de los padres de nuestra economía actual. En su célebre obra La riqueza de las naciones (1776), asentó las bases del capitalismo moderno. A Smith, quien en sus comienzos trató de compaginar la ética y la política en sus reflexiones, debemos la idea de someter el mundo a una globalización que dependa mayoritariamente de los intereses de los mercados; y lo más interesante, también contemplaba Smith en su tesis, la idea de controlar la demografía de la población a gobernar, secundando así la propuesta de Robert Malthus.

El influjo de Malthus impregnó los dogmas de algunas de las entidades más poderosas del mundo, como: El Grupo Bilderberg, el Club de Roma, La Comisión Trilateral (TC) y el Consejo de Relaciones Exteriores (CFR). El Malthusianismo convenció a estos organismos, todos masones, de una manera tal, que pronto construyeron un mecanismo para llevar a cabo ese control en la demografía a cualquier precio. En el año 1968 los integrantes del Club de Roma, convencidos de que nuestra civilización colapsaría a partir del año 2000 debido a la escasez de recursos, idearon un diabólico plan que consistía en fabricar un microbio indetectable, casi invisible, que atacara de forma infalible el sistema inmunológico de los seres vivos (VIH) y por lo tanto, favorecer que la aparición de una vacuna inmediata fuera casi imposible. Las órdenes dadas fueron desarrollar el microbio y también desarrollar una cura y profiláctico. El microbio podría ser usado contra la población en general y se introduciría mediante vacunas administradas en complicidad por la O.M.S. y organismos de salud continentales, tanto en África y Sudamérica como en Asia. El uso del profiláctico y antídoto sería utilizado en un principio por la élite gobernante. La cura sería administrada a los supervivientes, cuando los mandatarios decidiesen que ya había muerto el número de personas conveniente a sus intereses. Entonces, sería anunciada la vacuna como si fuese un descubrimiento reciente. Este plan fue llamado Global 2000.

Quien piense que está a salvo de toda esta ansia por controlar e influir en las personas, por parte de sus gobernantes —a veces en la sombra—; quien piense que todo es falso y es producto de mentes conspiranoicas; además de engañarse a sí mismo, estará contribuyendo a que dichas tramas encuentren mucha menos resistencia para ser llevadas a cabo. Dichas prácticas, conducen a un  nuevo feudalismo, donde la población atemorizada, sucumbe ante el poder del tirano que la somete y amenaza con un virus, al tiempo que lo alienta y premia con el favor de su panacea. Todo esto puede resultar mucho más grave e importante de lo que parece.

Para contrarrestar toda es urdimbre de amenazas que conllevan el capitalismo y la globalización de los mercados, encuentro un fino hilo de esperanza en la propuesta filosófica que defiende uno de los filósofos más importantes de la actualidad, Zygmunt Bauman (1925), y su teoría de “La identidad en la modernidad líquida”.

En el lúcido y referenciado planteamiento de Bauman, la búsqueda de la identidad propia, es concebida como tarea y responsabilidad vital de cualquier individuo; y su culminación, entendida como proceso y fin de su doctrina, constituirá la última fuente de arraigo del ser humano.

Bauman añade, que en la modernidad líquida —y para ello utiliza una bella y telúrica metáfora—, las identidades se asemejan a una costra volcánica que se endurece, vuelve a fundirse y cambia constantemente de forma. Todo aquel que quiera sobrevivir con dignidad, deberá adaptarse a las condiciones del entorno, cumpliendo así uno de los factores clave de la selección natural. El filósofo y ensayista polaco, plantea que dichas identidades, parecen estables desde un punto de vista externo, pero que al ser miradas por el propio sujeto revelan una fragilidad y desgarro constantes.

Según sus argumentos, en la modernidad líquida, el único valor heterorreferenciado es la necesidad de hacerse con una identidad flexible y versátil que haga frente a las distintas mutaciones que el individuo ha de superar a lo largo de su vida.

La identidad, se configura pues, como una responsabilidad reflexiva que busca la autonomía de los demás incluyendo la constante autorrealización personal, aunque, por su propia naturaleza, esté abocada a una constante inconclusión de sí misma, debido principalmente a una flagrante falta de estabilidad en todos los ámbitos de la modernidad tardía.

El Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2010, entiende que la felicidad se ha transformado de aspiración ilustrada para el conjunto del género humano, a un implacable y enfermizo deseo individual. Y en una búsqueda activa, más que en una circunstancia estable, porque si la felicidad puede ser un estado, sólo puede ser un estado de excitación espoleado por la insatisfacción. El exceso en los bienes de consumo nunca será suficiente, por más que la verdadera felicidad tenga poco o nada que ver con la materia.

Bauman, al plantear la modernidad líquida, se refiere al proceso por el cual el individuo tiene que pasar para poder integrarse en una sociedad, cada vez más global, pero sin identidad fija, y sí maleable y voluble. La identidad se tiene que inventar y reinventar, construir y deconstruir, moldeando así las máscaras de la supervivencia. Sin llegar a ser una apología de la hipocresía, Bauman llega a esta conclusión a partir del análisis histórico de los grandes cambios que ha experimentado la sociedad, en especial, a partir de la lucha entre clases, entre el proletariado y los dueños de los procesos de producción, a finales del siglo XIX. El desintegramiento de las sociedades colectivas dio paso a la individualidad en términos de ciudadanía, los cambios vertiginosos que ha provocado la globalización y el imperialismo comercial de los monopolios en contubernio con los gobiernos neoliberales, el resurgimiento de la alteridad (movimientos indígenas), feminismo, la lucha arcaica en medio oriente, el crecimiento exponencial de la población mundial; son factores que han marcado y forjado —cada uno en su medida— la creación de nuestro panorama contemporáneo hasta llegar a la era de las tecnologías de la información y comunicación, donde más se observa la problemática de la identidad en la modernidad líquida. Si antes, en el siglo XVIII, la sociedad se caracterizaba por su sentido de pertenencia del individuo muy marcado entre los distintos estratos sociales, ahora con el auge de las redes sociales y los múltiples medios de comunicación, las identidades globales, volubles, permeables y propiamente frágiles, oscilan de acuerdo a la tendencia que marca el consumismo. Sin embargo, esta identidad escurridiza, nos hace cada vez más dependiente del otro y es ahí donde se encuentra la esperanza de crear condiciones de crecimiento en términos de humanidad, conciencia colectiva, siempre aspirando al bien individual pero partiendo del bien común, en un intento humanista de imitación a la naturaleza. Sin duda, un planteamiento utópico que, de ser desarrollado, compondría un nuevo y necesario orden mundial, más justo, menos destructivo, y por el que valdría la pena luchar.

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