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Título: Transcendence

Género: Ciencia Ficción/Drama

Reparto: Jhonny Deep, Morgan Freeman, Rebeca Hall, Paul Bettany, Cillian Murphy, Kate Mara

Dirección: Wally Pfister

Año de producción: 2014

Fotografía: Jess Hall

Banda Sonora: Mychael Danna

Duración: 119 minutos.

Unas gotas de lluvia en movimiento, escurren tras un cristal. Después, las moléculas de vida observadas a través de un microscopio se comportan de la misma manera, se agolpan y entrecruzan en un espasmo de fluido dinamismo. Con esta metáfora visual, en dos planos, comienza  la película.

Wally Pfister (Chicago, 1961), debuta en la dirección cinematográfica con Transcendence, un relato distópico que utiliza el progreso científico y la moral humana como un trasfondo dramático irresoluble. Quizá Pfister haya asumido demasiados retos en su propuesta cinematográfica, y digo demasiados, porque seguro de tener entre sus manos una historia lo bastante sugerente como para ocupar dos horas de metraje, parece que no haya echado cuentas en algunas otras cosas de interés, como: desarrollar mucho más los contenidos que plantea, guiar -con una narración sugestiva y coherente- y entretener -con el ritmo apropiado- a un espectador que no podrá encontrar en ninguna otra parte más que en el guion, un motivo con suficiente peso como para salir satisfecho del visionado.

Pfister es el director de fotografía habitual del cineasta Christopher Nolan. Desde que el director de Memento debutara en 1999 con su primer largometraje, hasta la última entrega de la saga Batman, The Dark Knigth Rises (2012), Pfister se encargó con maestría de la fotografía de todos sus films, llegando a recibir incluso un premio Oscar por su excelente labor en Inception (2010). Hasta ahora, Pfister sólo ha cedido el testigo de la fotografía en la filmografía de Nolan a Hoyte Van Hoytema en -la todavía sin estrenar en España- Interestellar (2014) y por motivos de coincidencia de rodajes.

Will Caster (Jhonny Deep) es uno de los máximos investigadores en el campo de la I.A (Inteligencia Artificial), su trabajo ha dado como fruto el proyecto P.I.N.N, la culminación de un enorme procesador inteligente de nanotecnología neurocientífica que promete ser un escalón más en la evolución del ser humano, y digo evolución, porque en primera instancia, sus aplicaciones están concebidas para fines éticos de prosperidad y sostenibilidad. De repente, y movidos por las terribles consecuencias que la aplicación de dicho trabajo puede tener sobre la humanidad, un grupo de radicales antitecnológicos atenta contra Caster y provocan su paulatina muerte al recibir un disparo con una bala impregnada en Polonio. A partir de ahí, tanto Evelyn (Rebeca Hall) como Max Waters (Paul Bettany), esposa y amigo del protagonista, tras un conflicto emocional y moral, y aspirando a que la tecnología pueda trascender a la propia muerte, deciden someter al moribundo científico a las consecuencias de su propio experimento. Hasta aquí todo bien, aunque la historia de un científico obsesionado con su trabajo que se convierte en su propio conejillo de indias ya haya sido contada en múltiples historias, como El Doctor Jekyll y Mr. Hyde (Jhon S. Robertson, 1920), o La Mosca (David Cronenberg, 1986).

Encontramos un reparto actoral estimable, pero que -quizá por culpa del guion- no tiene en ningún momento especial importancia; el rol del personaje de Freeman es insustancial, Rebeca Hall no termina de empatizar con el espectador en su papel de Evelyn, el pésimo doblaje al español del personaje de Paul Bettany lo aleja por completo de esa conexión tan apreciable. Ni siquiera el popular Jhonny Deep, un actor acostumbrado al histrionismo, se desmarca del elenco al cerrar una interpretación de rigidez totémica. Sin embargo, el carismático y secundario personaje que encarna Kate Mara, Bree, al frente del grupo -supuestamente- terrorista y sin nombre, sí demuestra tener esa chispa necesaria para conectar con el público, aunque al no contar con el gancho interpretativo del resto de personajes, su singular tarea se convierte en insuficiente.

Una vez “descargada” toda la información mental del visionario científico en los depósitos de la inteligencia artificial, ésta juega emocionalmente con aquellos personajes con los que tiene un vínculo afectivo para que la provean de sus numerosas peticiones. De esta forma, pueden constatar de inmediato, que la entidad  resultante de tal fusión no tiene nada que ver con el Will Caster original. El nuevo ser resultante, aunque utilice la voz y rostro virtual del científico, es una inteligencia de la llamada computación cognitiva, aquella que inspira su tecnología en el funcionamiento del cerebro humano. Es decir, esa condición, dota al nuevo ser de una evolución por aprendizaje, algo que lo humaniza y lo convierte en extremadamente peligroso. Si Alan Turing, padre en la realidad de la verdadera Inteligencia Artificial, -y a quien se hace un pequeño guiño en la película- levantara la cabeza, no se extrañaría mucho al ver que es casi imposible diferenciar a los humanos de las máquinas, de hecho, no por nada fue el inventor de la famosa Máquina de Turing, concebida para tratar de diferenciar la vida natural de la sintética.

También las historias de entidades humanas inmersas en mundos virtuales, han sido frecuentes en la historia del cine, como por ejemplo: El cortador de césped (Bret Leonard, 1992), que fue de las pioneras, como también han sido frecuentes las historias de seres humanos convertidos en híbridos de la robótica, como en la disyuntiva planteada en la última versión cinematográfica de Robocop (José Padilha, 2013). Pero sin duda, Transcendence recuerda, sobre todo en sus pasajes finales, a la “historia de amor” contenida en Engendro mecánico (Donald Cammell, 1977), aunque posiblemente el actual romance fuese mucho menos carnal que el vivido por la actriz Julie Christie y el ordenador Proteus.

La cinta de Pfister, se obstina en que la ciencia trascienda la vida, pero de una manera más sutil que la historia de Cammell y menos violenta, sobre todo menos violenta que sus opositores extremistas en la película. Pfister apuesta por una combinación del preciso conocimiento y capacidad de análisis de la más desarrollada computadora conectada a la red, con la extraordinaria complejidad y versatilidad contenida en la naturaleza humana; un eclecticismo que incluye el afán superviviente de la vida y por ello su declinación hacia la evolución.

Uno de los mejores momentos en la película, es cuando los personajes descubren las nuevas aplicaciones de que va disponiendo la inteligencia artificial encarnada por Jhonny Deep. Por ejemplo, comienza a sacar partido de unos ahorros de Evelyn mediante inversiones bursátiles que rápidamente multiplican sus beneficios gracias a su deslumbrante poder analítico. Con dicha fortuna se instala en las afueras de un pueblo y comienza a instaurar cientos de paneles solares para aumentar su energía. Crea laboratorios, experimenta y crece asombrosamente. Aprende la manera de restituir a las personas impedidas todas sus cualidades físicas, interviene quirúrgicamente a cuantos tullidos, ciegos o enfermos se acercan a sus instalaciones y al mismo tiempo que los “repara” quedan programados y a su disposición como si se tratase de un creciente ejército. A medida que Will evoluciona, el resto de personajes se organiza y estudian la manera de frenarle. Tales son los avances tecnológicos de la nueva entidad, que aprende a regenerar tejido muerto, y por tanto a “diseñar” un concreto ser humano, lo cual lleva a la historia a ser análoga a Frankenstein (J. Searle Dawley, 1910).

El compositor de cine Mychael Danna, quien recibió el premio de la Academia por su trabajo en La vida de Pi (Ang Lee, 2012) firma una banda sonora sobria y coherente para acompañar las imágenes, pero no brillante; su trabajo, cien por cien instrumental, no trasciende del mero acompañamiento y en mi opinión, no provecha en absoluto la oportunidad de ofrecer una música mucho más épica, coral, minimalista, adaptándose a los rasgos enfáticos que la historia contiene.

Son más los errores que los aciertos en esta primera cinta de Pfister. Tal y como está rodada, el metraje se hace excesivo. La acción comienza demasiado al final. La planificación tiene vocación de telefilme. No encaja de ningún manera la pretenciosidad argumental con lo ofrecido visualmente. Jack Paglen, Jordan Goldberg, Alex Paraskevas y el propio Wally Pfister participan en el guion, un historia que -quizá en una novela- hubiese sido un éxito rotundo.

La entidad resultante de fusionar a Will Caster y la supercomputadora, tiende a su duplicación, y en un intento por emular el afán superviviente de la vida, aprende a descargarse en miles de réplicas, réplicas de cualquier tamaño, siendo cada vez más pequeñas e imparables. Curiosa es la escena en que Paul Bettany muestra a través de un microscopio, cómo el nuevo ser está en las moléculas del agua y presencian su multiplicidad.

Bettany, al ser uno de los programadores del proyecto, tiene una teoría para terminar con la amenaza, y se convierte en la única esperanza para combatir al ser creciente.

Son muchas las preguntas que Pfister pone sobre la mesa, y pocas las respuestas, utiliza el modus operandi de Nolan, pero con menos rotundidad y precisión.

Si el ser humano es capaz de crear entidades más inteligentes que él, o superiores a él y que además cuenten con la capacidad de aprender y evolucionar constantemente, ¿significa eso que un hombre puede crear un dios? ¿Significa eso, que ese dios sería malvado y querría destruir al ser humano?

La parte emocional y humana de tal híbrido ¿podría amar, soñar, sentir dolor y miedo? ¿Podría interferir en él los sentimientos y así desobedecer sus más altas premisas? ¿O quizá sería lo más cerca que podríamos estar de la perfección?

Sin duda, Transcendence transita un campo en el que no está todo dicho, esperemos que las próximas incursiones de futuros cineastas en un terreno con tantas posibilidades sean más acertadas.

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