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Antoine-de-Saint-Exupéry

Antoine de Saint-Exupéry

“En las piedras quiere tallarse el viento”.

Jacobo Fijman

Antoine de Saint-Exupéry nació en Lyon (Francia) en el año 1900, el mismo año en que otro hijo del viento moría, el filósofo Friedrich Nietzsche. Por aquel entonces eran tiempos convulsos, al tiempo que se estrenaba en el teatro la obra El joven bardo de Edmond Rostand, un drama en verso con la actriz Sara Bernhardt de protagonista, las tropas francesas conquistaban «la región de los lagos» del Chad en la batalla de Kousseri. El pequeño Antoine, nació en una familia noble, siendo el tercero de cinco hermanos fruto del matrimonio entre el Vizconde Jean-Baptiste de Saint Exupéry y Marie de Fonscolombe, sus padres. A pesar de sufrir la muerte de su padre cuando tan sólo contaba con cuatro años de edad, Exupéry disfrutó de una agradable infancia.  El Castillo de la Môle, —propiedad de su abuela Fonscolombe—, y el Castillo de Saint-Maurice-de-Remens —propiedad de su tía, la señora de Tricaud— fueron los escenarios en los que el joven escritor desarrolló toda su infancia.

A pesar de no poder gozar de la cercanía de su madre, cuya sensibilidad y cultura lo marcaron para siempre, mantuvo una buena relación con ella, aunque en muchos casos, fuese epistolar. El talento artístico de Exupéry despertó a edad muy temprana. Se interesó por la escritura, la mecánica y la aviación; disciplinas que fueron su razón de ser durante toda su vida y que entremezcló en su obra literaria. En el año 1912, mientras su familia veraneaba en Ambêrieu, el pequeño Antoine recibió su bautismo del aire. Cerca de allí, había un aeródromo, y el muchacho pasaba en él largas horas preguntando a los mecánicos, prestando atención al más mínimo detalle, pasión que despertó la benevolencia de los pilotos que allí acudían, hasta que lo invitaron a volar con ellos. Una avioneta Berthaud-Wroblewski fue la catapulta hacia sus sueños. Aquella experiencia cambiaría su vida para siempre; bogar en el viento, ascender en el aire y atravesar las nubes, —posibilidad hasta entonces reservada a los pájaros—, fue un hecho milagroso que lo ungió de un irrefrenable deseo de volar, pertenecer a ese vetado reino de los cielos y degustar así la perspectiva de los dioses.

Tras aquella experiencia mística, el joven Antoine recibió la inspiración  necesaria para componer un poema: “…Las alas temblaban bajo el soplo del atardecer, / el motor con su canto mecía el alma adormecida, / y el Sol nos rozaba con su luz lívida…”.

Tras esta revelación, el futuro escritor cursó estudios clásicos en distintos colegios católicos de Francia y Suiza. En París trató de acceder a la Escuela Naval, pero no logró superar los exámenes. Así que decidió estudiar Bellas Artes en París, en la sección de arquitectura; como la situación económica de su madre no era muy propicia, Antoine se ve obligado a desempeñar varios trabajos para costearse los estudios, entre ellos, el de figurante de teatro. En el año 1921, Exupéry cumple el servicio militar en el 2º Regimiento de Aviación de Caza cerca de Estrasburgo. Allí aprende a pilotar y va ascendiendo en grado y experiencia de compañía en compañía. Dos años después, involucrado totalmente en su labor de piloto, Exupéry anuncia su compromiso matrimonial con Louise de Vilmorin. Casualmente, por esas fechas, sufre un accidente de avión que le provoca una fractura de cráneo, y la familia de su prometida le prohíbe volver a volar por temor a su posible muerte. Así que, cuando Antoine termina su servicio militar, acepta un puesto de trabajo como oficinista, etapa que termina con la ruptura del matrimonio y el regreso del escritor a la aviación.

ElPrincipito1

Ya en el año 1926, y compaginando su ocupación de piloto comercial con la de novelista, publica en una revista dirigida por Adrienne Monnier, su novela corta El aviador. Son años de múltiples vivencias, extraordinarios rescates in extremis como piloto, hazañas donde su vida peligraba, historias que de alguna u otra forma acabarían figurando en sus escritos. En el año 1928, sobre su experiencia en vuelos nocturnos desde Buenos Aires a Río de Janeiro, escribe su novela Correo del Sur. En 1930 conoce a la escritora y artista salvadoreño-francesa Consuelo Suncín. Un año más tarde se convertiría en su esposa. Su matrimonio  duraría quince años, no exentos de altibajos, casi siempre provocados por la vida bohemia de Exúpery, así como su conducta adúltera con las admiradoras de su paulatino éxito editorial. Algunos estudiosos del legado literario de Exupéry, aseguran que el personaje encarnado en la rosa de El Principito, fue construido en alusión y homenaje a Consuelo.

La valía como piloto de Antoine fue condecorada en múltiples ocasiones, por ejemplo: La Legión de Honor Francesa, título de Oficial de la Legión de Honor, Mención del Ejército del Aire, Medalla de Guerra y otros muchos más que lo convirtieron en uno de los intrépidos pioneros de la aviación. Entre sus gestas, está la de haber recorrido el mundo entero, tanto en viajes comerciales, misiones de guerra o carreras por dinero: Casablanca, Tombuctú, Bamako, Argel, Túnez, Dakar, fue entonces cuando sobrevolando los cielos entre París y Saigón, durante una de sus carreras por dinero, sufrió el percance que lo hizo aterrizar forzosamente en el desierto del Sáhara. Aquel incidente, dejó su aeronave destruida y debido a ello tuvo que vagar durante cuatro días a través del desierto, sin agua, sin comida, sufriendo alucinaciones visuales y auditivas, deshidratación y desorientación. Cuando se encontraba al borde de la muerte, fue rescatado por un beduino. Aquella experiencia cercana a la muerte, fue lo que le llevó a concebir, años más tarde, la que es su obra capital, El Principito. Sin duda, una de las obras cumbre del existencialismo sobre la que han especulado tanto admiradores como detractores. Se dice, que durante su traumática experiencia en el desierto, el personaje de El Principito, podría haber sido una de sus alucinaciones, o incluso una experiencia real, con algún ser venido de los cielos. El caso es que dicha obra, publicada en el año 1943, otorgó para siempre popularidad y reconocimiento a su autor.

El aire, como medio vital del valeroso piloto, adquiere en El Principito, una importancia vital. Recordemos que uno de los capítulos de la narración comienza de la siguiente manera: “Creo que el principito, / aprovechó una migración / de pájaros silvestres / para evadirse”. Los agónicos días que vivió Exupéry en el desierto del Sáhara, se reproducen aquí como trasunto de su persona y de su vida, quizá por ello se entiendan las interpretaciones metaliterarias posteriores. Un niño se aparece en mitad del desierto y le confiesa provenir del espacio. El espacio representa ese ámbito inconquistable incluso para el más intrépido piloto; una franja que aquel niño denominaba, «la región de los asteroides». Los ocho primeros capítulos del libro, narran el encuentro de los dos protagonistas y su afán por comunicarse y comprenderse. Así, cada uno describe su mundo, relatan las costumbres de sus vidas y dibujan mediante su diálogo, lo que algunos denominarían someramente, una fábula moral. Ambos decían provenir del cielo, uno, de un avión estrellado, y el otro de un asteroide del tamaño de una casa, llamado B-612. A partir del capítulo número diez, y por aburrimiento, el principito inicia un viaje interplanetario para visitar los seis asteroides que lo rodean, de esa manera visita al rey, al vanidoso, al borracho, al hombre de negocios, al farolero y al geógrafo, personajes por los que vehicula su asombro y que representan  los antihéroes de nuestra sociedad adulta. En la última parte de esa odisea, viaja a la Tierra y de alguna forma acompaña al piloto, hasta que, por la incomprensión de la realidad que le rodea, se hace morder por una serpiente para desvanecerse en el aire. Un aire inconsútil y volátil en el que evaporarse y perderse; el aire como origen y medio de una aventura excepcional, llena de ternura, poesía y significación.

Otras obras del autor, son: Aterrizaje forzoso en el desierto, Tierra de hombres o Piloto de Guerra. Sin duda, una experiencia literal y vital marcada por el aire y toda la imaginería de su reino.

Cuentan que Exupéry malvivió  muchos años, la solvencia económica era algo de lo que no gozaba, sin embargo, el día que recibía su sueldo mensual invitaba a comer a todos sus amigos, incluso invitaba también a gente necesitada que ni conocía. Un día al mes disfrutaba a lo grande con sus seres queridos, aunque el resto del mes, aquel gesto, lo obligase a sobrevivir comiendo únicamente galletas.

El 31 de julio de 1944, y con cuarenta y cuatro años de edad y múltiples cicatrices a sus espaldas, Antoine acometió su última misión aérea. Mientras sobrevolaba el mediterráneo en una misión de reconocimiento para preparar el desembarco de las tropas aliadas en Provenza, al sur de Francia, su avión, un Lightning P38, desapareció sin dejar rastro. Ahí fue cuando se transformó en leyenda. Nadie obtuvo pruebas de lo ocurrido, desapareció en extrañas circunstancias, hasta que, en 1998 fue encontrada una pulsera con su nombre y el de su mujer. Debido a aquel hallazgo se iniciaron tareas de búsqueda en la zona, y llegaron a encontrar, ya en el año 2003, el que sería su avión. Finalmente, un piloto de las fuerzas alemanas llamado Horst Rippert, confesó en el año 2008 haber derribado el avión de Exupéry en aquellas coordenadas. El diario francés La Provence, publicó las declaraciones del piloto con intención de zanjar de una vez por todas, el asunto de la muerte del novelista. Pero su nombre, sus hazañas y su obra, pasaron a formar parte del folclore oral moderno, convirtiéndose así en un rumor imparable, un rumor que vivirá y resonará por siempre en las misteriosas latitudes del aire.

 

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