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Genealogía de la soberbia intelectual

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Enrique Serna

Ficha técnica:

Título: Genealogía de la soberbia intelectual

Autor: Enrique Serna

Editorial: Taurus

Género: Ensayo

Año de publicación: 2014

Número de páginas: 402

ISBN: 978-84-306-1678-7

Enrique Serna (Ciudad de México, 1959), es el reconocido autor de la novela histórica El seductor de la patria (Seix Barral, 1999), que fue merecedora del Premio Mazatlán de Literatura, fue adaptada a una versión radiofónica de éxito y además obtuvo el elogio de prestigiosos historiadores literarios como Seymour Menton, quien calificó la obra como «una de las grandes novelas latinoamericanas de las últimas décadas».

Serna también escribió una serie de cuentos que fueron reunidos en tres libros: El orgasmógrafo (Plaza & Janés, 2001), Amores de segunda mano (Cal y Arena, 1994) y La ternura caníbal (Páginas de espuma, 2013) razón por la cual Gabriel García Márquez lo incluyó en su antología acerca de los mejores cuentistas mexicanos publicada en la revista Cambio. Su ácida mirada existencial vertida en historias mundanas no exenta de sarcasmo, incredulidad y una forma muy personal de revisitar escenarios y convenciones aportando siempre algo nuevo, hizo que Enrique Serna triunfase también como cuentista.

Pero es su faceta de ensayista, y más concretamente sobre su libro Genealogía de la soberbia intelectual publicado impecablemente por Taurus, quizá donde el talento del narrador mexicano campa a sus anchas por los anales de una historia no contada, repleta de sátira, ironía, humor, crítica, pero siempre como lentes de aumento de un profundo e ilustrado pensamiento.

La solvencia como investigador de Serna quedó muy patente en su sumario existencial sobre la personalidad de Antonio López de Santa Anna, el caudillo mexicano más controvertido del siglo XIX. Así, el novelista aborda de forma didáctica y muy entretenida lo que ha supuesto para la humanidad la utilización —por parte de diferentes élites intelectuales— de la cultura como elemento de poder. Pero ¿qué sentido tiene que un intelectual critique a otros intelectuales cuando todos ellos se dedican a lo mismo? He ahí una de las razones fundamentales que convierten a este libro en un baluarte necesario, ya que su autor se esfuerza por diferenciar la labor de los verdaderos intelectuales, generosos y comunicantes, de los supuestos eruditos de fines bien distintos. Serna hace un elegante ejercicio de honestidad al tratar un tema tan delicado como el de la manipulación del arte literario sin caer en la pedantería, el hermetismo o la inteligencia iletrada —cosas que el propio autor critica en el libro—,  y para ello hace uso de una de sus principales valías como escribiente, el lenguaje. El autor, emprende su tarea de abogado del diablo partiendo de una naturalidad discursiva que mantiene el interés del lector tanto por su riqueza informativa como por su mordaz carga crítica.

Otro de los factores que estimulan su lectura, es la precisión descriptiva de su léxico; tanto los adjetivos como los sustantivos dibujan a la perfección la reflexión o el suceso narrado y proyectan una imagen muy clara en la mente del lector, algo que es sin duda clave para facilitar su comprensión. Las notas a pie de página, tan comunes en este tipo de ensayos, no interrumpen el natural curso de su lectura puesto que están inteligentemente agrupadas al final del libro; aunque debido a sus acotaciones numéricas pueden ser consultadas intertextualmente a voluntad durante la lectura.

Ya en su introducción al libro, el propio autor confiesa la influencia de Nietzsche, a quien leyó en su juventud, tanto en el título —ya que alude su Genealogía de la moral— como en la senda que este trazó para rastrear los orígenes de la moral; aunque Serna también reconoce que Nietzsche contribuyó como pocos a distanciar al hombre docto del inculto, y afirma que siempre detestó su particular tentativa por aunar en un sólo concepto la voluntad de poder y la voluntad de crear; a pesar de ello, sus aciertos pesan más en la balanza y durante el libro referencia en varias ocasiones la obra del genio alemán.

El libro está estructurado en diez bloques que, si bien centran su atención en el acontecer moderno de la historia, en ocasiones su hilo argumental viaja al pasado más remoto para justificar o refutar analogías que se descubren seculares. Los planteamientos de Serna, muchas veces ramificados en las artes plásticas, la filosofía, la ciencia, la política o la antropología, consiguen formar un paisaje de fondo con todas estás —y muchas otras— disciplinas que en ocasiones abandonan su estatus de lontananza para alcanzar el primer plano.

La escritura siempre ha sido una de las llaves maestras del conocimiento, algo que según el autor conocían muy bien los sacerdotes de las civilizaciones antiguas, por lo que decidieron privatizarla, «que los sabios instruyan a los sabios, porque los ignorantes no saben ver» reflejaban algunos escritos mesopotámicos. Pero esa argumentación no fue fundada para evitar a los ciegos de espíritu su sufrimiento particular al vivir en una ignorancia perpetua, sino que se convirtió en una herramienta milenaria para desarmarlos, manipularlos y someterlos. Toda maquinaria construida para propiciar y proteger ese coto privado de la cultura atiende únicamente las ansias de poder.

Dentro de ese cruel juego de dominio, cualquier artimaña que salvaguardara la integridad y privacidad de la alta cultura estaba justificada. Restringir el acceso a la cámara del conocimiento acaparado, controlar las traducciones, oscurecer el lenguaje o hasta inventar un lenguaje nuevo que —por supuesto— fuese críptico y fangoso para el iletrado, era un rol que debía pasar de generación en generación para asegurar la perpetuidad del ignorante.

Un buen ejemplo de ello fueron los brahmanes, quienes carecieron del lenguaje escrito durante siglos y transmitieron su corpus doctrinal de forma oral durante generaciones por temor a compartir sus tesoros intelectuales con las castas inferiores, poniendo en peligro con ello su supremacía espiritual.

El famoso faraón egipcio Akenatón trató de sustituir el idioma jeroglífico imperante por una escritura demótica mucho más accesible a la población, algo que desató las iras de los sacerdotes de Amón-Ra que custodiaban la escritura como sagrado elemento de poder, aquello provocó una revuelta militar que terminó con la destitución del faraón.

Enrique Serna visita la Grecia de Sócrates, el erudito; las primeras colonias españolas en México; la Roma de Horacio, distintos tiempos y latitudes del mundo, y reconoce y demuestra con hechos históricos, cómo un generalizado odio de las élites intelectuales hacia el vulgo profano tenía como consecuencia tentativas de analfabetismo inducido.

En la literatura francesa del siglo XIX, uno de los máximos opositores a compartir su cultura con la masa incultivada fue Stéphane Mallarmé. Mallarmé siempre consideró una ofensa para el genio poético las enormes tiradas de edición que se hicieron de Las flores del mal de Baudelaire; nostálgico de viejos misales con cerrojo y jeroglíficos indescifrables, cuentan que su literatura era hermética en su poesía y en sus ensayos, pero sin embargo cuando se encontraba entre amigos su lenguaje era diáfano. Una de las anécdotas que cuenta Serna sobre Mallarmé es la siguiente:

[Tras haber pronunciado un discurso en el entierro de Verlaine, un periodista que se lo encontró en un restaurante le pidió el texto. «Espere un momento, necesito corregirlo» dijo, y susurró al amigo que lo acompañaba: «Agregaré algunas sombras»].

Un émulo alemán de Mallarmé, el poeta Stefan George, llevó al extremo más radical las ínfulas de estos sociópatas de la palabra e hizo este aserto: «cualquiera que se vea dominado por el anhelo de decir algo ni siquiera es digno de acceder al vocabulario del arte». Pero por si fuera poco, George fue el protagonista de un desdichado lance de paroxismo; inventó una lengua que sólo él podía comprender, algo que podría haberse ahorrado manteniendo un profundo silencio. Según George Steiner, «es fama que tradujo el libro I de la Odisea a esa neolengua. De creer a sus discípulos, destruyó la traducción antes de su muerte, temeroso de que los eruditos y académicos de baja estofa saquearan sus secretos».

Intelectuales como Schopenhauer contribuyeron a cimentar ese elitismo intelectual, por fortuna, autores como Ortega y Gasset o Henry Miller contribuyeron a lo contrario. ¿Por qué razón jamás llegarán a nuestras manos ciertos libros? ¿Cuál es la forma de romper esa ilícita cadena de intelectuales custodios?

Resulta apasionante la historia propuesta por Enrique Serna en este viaje temporal, una genealogía necesaria, como bien dice el propio autor en la introducción, para discernir hasta qué punto es culpable el ciudadano de a pie de su ignorancia. No es ningún descubrimiento que ciertos ideales políticos abogan por privatizar la enseñanza, parece que está bastante claro que cuantas más oportunidades de aprender facilites a tus subordinados, antes advertirán que su sometimiento no es justo o hasta aprenderán la forma de someterte a ti.

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